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Pocas veces se echa mano al género epistolar para hacer la reseña de un libro. No sé qué saldrá de este empeño, pero, en cualquier caso, considero que puede ser la forma más honesta de que un agnóstico se atreva a penetrar en los entresijos de la fe. Los sabios contorsionismos de la razón, pueden y de hecho, se equivocan, pero poco se le puede reprochar a idénticas piruetas del corazón. Por ello, amigo Cinto, porque lo epistolar tiene mucho más que ver con una confesión de iguales, que con una crítica en el estricto sentido de la palabra, quiero escribirte esta carta, en la certeza de que no te puede herir ni viene a infravalorar tu trabajo. Tú lo has dicho: “Del respeto manifestado hacia lo que es importante para los demás, no surgirá nunca nada de malo”.
Admito no ser una exegeta, incluso debo aclarar que recibí una educación laica, pero en alguna osadía me acerqué, a veces, a los textos sagrados, porque hasta para disentir se necesitan armas. Un agnóstico -como muchos creen- no es alguien que niega la existencia de Dios, sino que admite categórica y humildemente su insignificancia para acceder al conocimiento de lo absoluto. Debes perdonarme entonces si me pierdo en los misterios de la Santísima Trinidad, entre los que tú te mueves como pez en el agua, o si entiendo la resurrección de Jesús en otra dimensión humana que nada tiene que ver con la evangélica.
Mi poso cultural tomó de acá y allá algunas nociones al respecto del Creador más en consonancia con mis tristes filosofías de estar por casa. En ese sentido, hizo especial mella la del humanista Marsilio Ficino, quien llegó a decir que: “Dios contiene todas las cosas por ser su origen, y el hombre por ser su centro”, justo en una época, la del Renacimiento, en que muchos Papas malversaron la dignidad que el trono pontificio les había conferido.
Creo que en tus líneas rezuma toda esa sabiduría: esa mezcla de conocimiento arcano y de buena voluntad que hace grandes a los hombres y las obras en que enredan sus manos. Tu testimonio asombra por el coraje y la valentía con que hablas de tus propios sentimientos en una confesión pública a la que no estamos acostumbrados. Te muestras con la fragilidad de un niño ante el amor y con la fuerza de un titán ante la fe, y es esa paradoja la que conmueve e invita a la reflexión.
Sabes que los viejos rudimentos de la razón y las exigencias de la crítica histórica pueden hacernos adversarios en muchas lides, pero me vuelven a consolar tus palabras cuando refiriéndote a la “Santa Casa”, alrededor de la cual se construyó el Santuario de Loreto, tú también admites que, aunque la autenticidad histórica de la leyenda puede ser cuestionable, quien va con espíritu de fe se siente verdaderamente ayudado. En realidad, en el mundo en que vivimos, el dogma hace equilibrismos de funambulista en una cuerda floja -destensada en un ir y venir trasnochado por interpretaciones de siglos-. Él recibe todos los halagos y las alabanzas del creyente, pero también los aldabonazos de quien se resiste a subordinar el raciocinio y las leyes de la naturaleza a las “Sagradas Escrituras”. La fe, sin embargo, es cosa bien distinta y hasta puede conciliarse con palpables evidencias , desbaratadas por los intereses -no siempre loables- del poder y los tiempos.
Nada ha de reverenciar más el hombre que la fe de los hombres, porque ésta es siempre lícita a la vez que necesaria. Tú lo has entendido mejor que nadie en tu audaz peregrinaje espiritual, porque los seres íntegros y sensibles no son extranjeros en ninguna parte.
Ya ves, amigo Cinto, cuántos puntos en común pueden tener un agnóstico y un creyente, aunque, quizá, algunos extremistas de tu lado o del mío se nieguen a aceptarlo. Al menos nosotros sabemos que por encima de ajenas elucubraciones -mejor o peor intencionadas- también nos une la insignificante nimiedad de sentir el mundo con el pálpito sosegado de la poesía. Quizá, la Iglesia se equivocó en alguna ocasión al no valorar en la misma medida a sus profetas que a sus poetas. Que no te desperdicie, porque “ese cielo triste de Nagasaki” o “esa acampada en el campo de exterminio de Dachau” -de camino a Colonia-, de los que hablas en tu obra, evocan imágenes de un lirismo cautivador -digno del último Evangelio-.
Amigo Cinto tú has hecho en solitario el fatigoso camino de Oriente a Occidente en busca de un sentido, por ello sabes, mejor que nadie, que hay caminos demasiado empinados, pedregosos o estrechos para caminarlos sin que salgan a nuestro encuentro.
Confío en que, esta vez, un agnóstico y un creyente se hayan estrechado las manos en mitad de un nuevo camino. Nunca sabemos qué nos deparan los tiempos, ni qué convulsiones nos tiene reservadas la historia.
Montserrat Rico Góngora (escritora)
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