ENTRE ORIENTE Y OCCIDENTE

Cinto Busquet
Comentario de Ana Hidalgo, revisora de la versión castellana

Este libro hay que leerlo despacio, y no porque sea árido o difícil de entender. Si uno no se da cuenta, se deja llevar por un estilo ameno y sugerente, muy personal, mediante el cual Cinto Busquet relata sensaciones e impresiones sobre lugares, retazos de su propia historia entreverados siempre con la vida de otras personas y enriquecidos aquí y allá con interesantes referencias históricas… que le sirven para abrirnos la puerta de su «recinto interior» y ofrecernos sencillamente sus reflexiones sobre Dios, la vida, la enfermedad y la muerte, la identidad religiosa y cultural, la libertad, la grandeza y la miseria de los hombres… Ante nosotros vemos desplegarse todos los grandes temas que atañen al hombre y a las relaciones entre los hombres y con Dios, temas demasiado vitales y profundos como para sobrevolarlos con una lectura rápida. Conviene saborear cada palabra y cada capítulo para descubrir al final un hermoso mosaico del que, sin darse cuenta, también el lector ha entrado a formar parte como una tesela más.

Cinto Busquet es un hombre fuertemente marcado por su identidad catalana -«es imposible poder abrirse a lo nuevo sin “ser” algo en particular»- que, sin embargo, ha sabido «perder» para entrar profundamente en los distintos ámbitos culturales en que ha vivido, en particular en Japón. Este esfuerzo por «hacerse uno» hasta poseer la lengua, la cultura y casi hasta la religión del otro -sin por ello perder ni un ápice de su identidad como católico- impregna completamente su trayectoria vital.

Dice desde el principio que no tiene la intención de escribir un libro de temática religiosa, sino de «compartir contigo lo que tengo dentro… Y no puedo dejar de lado a Quien me acompaña desde siempre…». Y sin más, presenta al Dios Trinidad, el Dios Familia que es la medida de todas las relaciones humanas y da pleno sentido al diálogo que entabla con distintas tradiciones religiosas, desplegado a lo largo de todo el libro. Este Dios «es siempre Padre, Hermano y Amigo. No condena, sino que anima. No aplasta, sino que hace que vivamos. No es el Gran Titiritero que mueve los hilos de nuestra existencia, sino el Compositor de una música que interpretamos nosotros con nuestra vida. Es… una Presencia… que nos ve, nos sostiene y nos guía».

Con un profundo amor por la Iglesia, de la que se siente hijo sin dejar de ser consciente «de sus luces y de sus sombras», desbarata muchos prejuicios y errores muy extendidos con su modo de presentar los consejos evangélicos (pobreza, castidad y obediencia), los sacramentos y otros elementos esenciales del cristianismo, que se pueden proponer -como él mismo dice- no sólo a los católicos o a los cristianos en general, sino a cualquier persona que quiera sacar lo mejor de den­tro y liberarse de todo lo que la lleva a encerrarse en sí misma.

Dios es Amor. Para el cristiano, ninguna cultura ni religión ha sido olvidada por Dios, y su Espíritu se manifiesta en todas las tradiciones religiosas. Son de una belleza conmovedora sus experiencias de diálogo profundo con el judaísmo: «…la historia del pueblo de Israel nos puede ayudar a entender mejor quién es Dios y quiénes somos nosotros, y a qué tipo de relación con Él estamos llamados». O con el mundo islámico, «que testimonia con fuerza la presencia de Dios a nuestro Occidente demasiado rico y secularizado».

Cinto Busquet pone en guardia a los cristianos contra la «arrogancia espiritual», el pensar «que nos hemos apropiado totalmente de la verdad y que poco o nada podemos aprender de los demás». Se acerca a las distintas religiones de puntillas, con un espíritu de escucha que se ha afinado, como él mismo confiesa, en contacto con las tradiciones espirituales asiáticas. Mediante relatos de su propia vida, llenos de poesía, nos abre a horizontes desconocidos para la mayoría de los occidentales, nos lleva a considerar toda limitación no como algo negativo en sí mismo, sino como una «bendición del cielo». «Es hablando y escuchando como nuestras verdades se van completando y se van acercando a la Verdad». Y para ello, como él mismo dice, hay que «descalzarse de muchas cosas».

Una visita al santuario italiano de Loreto, donde, según una antigua tradición, fue trasladada la casita de Nazaret, le da pie a una sencilla reflexión sobre el sentido de la muerte para los cristianos: un relato conmovedor sobre todo por la actitud vital, por el clima de familia que recorre todo el libro y que no es otro que la presencia del Emmanuel, el «Dios con nosotros». Y es el gran descubrimiento del focolar, un «hogar» espiritual donde cristianos comprometidos desean vivir como José y María lo habían hecho en su casa de Nazaret, con Jesús siempre en medio de ellos. Y a Jesús, «el rostro humano de Dios», lo podemos reconocer en cualquier hombre o mujer que nos encontremos.

Ana Hidalgo

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