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Una religión que me ha marcado considerablemente es el budismo. Llevo casi veinte años relacionándome con ella, y tengo que reconocer que el contacto directo y cotidiano con un mundo culturalmente budista como el japonés y el haber establecido relaciones de amistad con monjes y laicos budistas, además del estudio personal de sus doctrinas y sus textos, me han ensanchado la visión de las cosas y me han hecho profundizar en mi experiencia espiritual, y por lo tanto creo que me han ayudado, en el fondo, a ser mejor cristiano.
Cuando llegué a Tokio conocía muy poco del budismo, sólo lo que había podido aprender con algunas lecturas muy generales que había efectuado en los meses anteriores, en preparación al «gran salto». Mientras estaba pasando un breve período en Irlanda para perfeccionar el inglés -ya que también esta lengua me sería de gran utilidad en Japón, sobre todo antes de llegar a un mínimo dominio del japonés-, un fin de semana tuve la ocasión de visitar Belfast, durante el cual un conocido me regaló el libro El ojo interior: misticismo y religión, de William Johnston, un jesuita oriundo de esa ciudad con más de cuarenta años vividos en Japón. Gran conocedor de san Juan de la Cruz y de otros místicos cristianos, el padre Johnston intercalaba en su libro escritos y reflexiones espirituales de la tradición cristiana con conceptos y experiencias del ámbito budista. El resultado obtenido no era en absoluto un amasijo artificial de elementos heterogéneos. El jesuita se identificaba siempre y sólo como cristiano, y no pretendía hacerse ni portavoz de sus amigos budistas ni altavoz de los grandes sabios de esa tradición; pero al mismo tiempo, como hombre de espíritu abierto y sincero, quería compartir lo que de ellos había aprendido y seguía aprendiendo.
Empecé a leer el libro en Dublín, donde me alojaba entonces, pero, al darme cuenta de la importancia que el contenido podría tener para mí, lo quise saborear sin prisas. Me detuve con atención en algunas de sus páginas durante el vuelo a Japón mientras sobrevolaba Siberia, y lo terminé en el apartamento bonsái del centro de Tokio donde pasé mis primeros meses de estancia en ese país. La ventana de mi minúscula habitación daba a un templo budista rodeado de tumbas, y la de nuestro cuarto de estar, en donde no podíamos estar todos a la vez, daba a un gran complejo editorial de la Soka Gakkai, un nuevo movimiento laico budista japonés, más bien combativo con las demás religiones, que dispone de centros propios también en Occidente. Al entrar en mi nuevo hogar, como se suele hacer sin excepción en todas las casas japonesas, tuve que quitarme los zapatos nada más pisar el umbral, antes de subir el escalón que señala claramente el interior y el exterior de todas las viviendas. No pasaron muchos días sin ser plenamente consciente de que, para penetrar en ese nuevo mundo que me estaba acogiendo, tendría que descalzarme de muchas más cosas. Para conseguir ver con el «ojo interior» tendría que hacer silencio y escuchar, también con todo mi cuerpo, lo que sólo el corazón es capaz de comprender. Fue el padre Johnston, a quien conocí personalmente mucho más tarde, quien con su libro me proporcionó la llave para entrar respetuosamente en el universo budista.
A las pocas semanas de mi llegada me invitaron a visitar el templo central y las instalaciones adyacentes de la Rissho Kosei-kai, otro movimiento budista contemporáneo, con el cual colaboraban mis compañeros desde hacía años. A diferencia de la Soka Gakkai, la Rissho Kosei-kai promueve el diálogo interreligioso, y su fundador, Nikkyo Niwano, laico budista de profunda espiritualidad y exquisita sensibilidad, apoyó la colaboración de su asociación con la Iglesia Católica desde que, durante el Concilio Vaticano II, había tenido la oportunidad de saludar personalmente al papa Pablo VI. El dirigente con el que visité el centro me explicó con la ayuda de un intérprete, ya que aún no hablaba ni entendía la lengua, el significado de los signos budistas que íbamos encontrando a lo largo de nuestro recorrido. Me impresionó especialmente una estatua de Kannon, el bodhisattva más popular en Japón, que personifica la compasión ilimitada del Buda Eterno en la tradición mahayana, que es la que se difundió en China, Corea y Japón, y posteriormente también en Tibet y Mongolia. De ambos costados de la estatua, cuarenta brazos sostenían cada uno un objeto distinto. Simbolizaban las innumerables formas en las que somos socorridos por la Realidad Última y la multiplicidad de expresiones en las que podemos manifestar nuestra compasión con los demás. Me sentí íntimamente conmovido ante esa imagen. Todas las religiones deben ayudar a la persona a cultivar la compasión y el amor si quieren realizar su objetivo primordial, y para mí en ese momento era evidente que también el budismo conducía a eso. No lo comprendí sólo ni principalmente por la estatua. Me lo confirmaron sobre todo la acogida delicadamente calurosa del budista que me había recibido y su mirada serena y luminosa. Durante el almuerzo que me ofreció, me habló en confianza y pude intuir algo de la riqueza interior que sus palabras insinuaban. Lo escuché con placer, dejando aparte curiosidades triviales y prejuicios occidentales que sin duda aún arrastraba. Y así fue como el vacío que trataba de hacer en mi mente para permitir que nos comprendiéramos con el corazón y la mirada, hizo posible que mi interlocutor hablase con completa franqueza y se abriera sinceramente y sin reservas a lo que yo después quisiera decirle. Fue un verdadero «diálogo»: palabra que genera comunión transversalmente, no simplemente palabras yuxtapuestas de dos monólogos que caminan paralelamente.
Unos meses más tarde tuve la ocasión de ir un fin de semana a Nikko, un sitio encantador a unas tres horas de Tokio en coche, declarado Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco. En medio de una naturaleza exuberante que, en otoño -que es cuando fuimos-, con el color de las hojas palmeadas de los arces, se viste de un rojo encendido como el ocaso, se alzan espléndidos templos y mausoleos, entre los cuales destaca el de Ieyasu Tokugawa, el fundador de la dinastía militar que gobernó Japón de 1600 a 1868. Como muestra evidente del sincretismo japonés que ha permitido la convivencia del sintoísmo y del budismo durante catorce siglos, santuarios de ambas tradiciones religiosas comparten sin discontinuidad un mismo suelo considerado sagrado. En uno de los templos tuvimos que pasar por delante de varias estatuas budistas. Había mucha gente, pero todos se inclinaban con respeto delante de ellas. Me sentí incómodo, ya que hacer una reverencia también yo, en ese momento lo interpretaba como un acto de veneración, que no quería hacer. Alberto, un compañero italiano de comunidad con más años en Japón que yo a la espalda, se percató de mi apuro y, después de insinuar una leve reverencia, me invitó a proseguir. Cuando salimos, le conté mi perplejidad, y él, quitándole importancia a lo sucedido, me dijo: «Es cuestión de tiempo. No te preocupes ahora. Estoy seguro de que lo verás claro más adelante».
Cuando fui yo quien acogió a amigos budistas en una iglesia católica, lo entendí. Espontáneamente, sin que yo les sugiriera nada, juntaban las manos y se inclinaban con solemnidad cuando pasábamos delante de un crucifijo o de una estatua de la Virgen, y cuando yo me incliné hacia el sagrario, no mostraron ninguna reticencia a seguir mis movimientos. De repente fue como si se deshiciera un nudo que me apretaba desde hacía tiempo. No puede surgir nada negativo de una manifestación de respeto por lo que es importante para los demás, pensé. En los diecisiete años siguientes en Japón, no fueron pocas las ceremonias budistas o interreligiosas en las que participé, y no me fue necesario mucho tiempo para que la melodía de los textos budistas salmodiados me ayudara incluso, en el silencio del corazón, a elevar mi oración al Padre y a Cristo, sintiéndome empujado por el Espíritu Santo.
Necesitamos un corazón sencillo y una mirada pura, y «descalzarnos» de los condicionamientos, para poder distinguir con el «ojo interior» la acción del Espíritu de Dios entre los que parecen muy distintos de nosotros por fuera pero que en el fondo buscan lo mismo: el Amor.
Cinto Busquet
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