|
Si hay un lenguaje en el que todos los hombres pueden hablar y entenderse, ése es el lenguaje de la vida. A través de él podremos hablar de las cosas que, durante siglos, más nos hayan llevado a los hombres a desentendernos, desconfiar, discrepar e incluso enfrentarnos; pero si realmente hablamos no el lenguaje de la ideología, de la imposición, del prejuicio o de la cerrazón, sino el lenguaje de la vida, todos estamos abocados, más pronto o más tarde, a entendernos. O mejor dicho, a entender juntos lo que Otro, cuya voz se hace sutilmente audible en nuestro corazón, susurra, llevándonos a los dialogantes por el camino de una sabiduría sin ocaso. Sólo hay que tener en cuenta un secreto: para escuchar esta voz, hay que escuchar al otro. Para aprender el lenguaje de esta voz, hay que aprender el lenguaje de la escucha, que requiere un orden preciso: primero amar y entender al otro; y sólo luego, dejar que el otro te ame y te entienda. Éste es el secreto del diálogo, tan necesario como siempre lo ha sido en toda la historia, y tan apasionante y urgente como nunca entre Oriente y Occidente o, mejor dicho, entre los hombres y mujeres concretos que transitan, en esta «aldea global», el camino del Oriente al Occidente y viceversa.
Este libro de Cinto Busquet es un manual preciso y seguro para aprender a dialogar, no como esos recetarios para todo, artificiales y mecánicos, sino con el brillo de buena pluma puesta al servicio de una gran luz. Esa luz que consigue, como siempre lo ha hecho la mejor literatura de cada tiempo, dosificar su brillo y calor para no deslumbrarnos, por un lado; y por otro lado, para dejar que seamos los lectores los que, llevados de la mano a su contemplación, podamos ir descubriendo por nosotros mismos aquellas bocanadas de realidad que el autor nos mantiene aún escondidas.
Pues este libro nos abre a una luz muy superior a la que es capaz de reflejar su autor y cualquier otro autor, pero que es posible precisamente porque el autor se presenta como espejo donde ésta se refleja. Y así el diálogo que nos propone no es ni abstracto ni idealista, sino auténtico y transparente; es un diálogo a tres bandas: el hombre oriental, el occidental (en cada lugar, por muy pequeño que sea, siempre hay microcosmos, con un Oriente y un Occidente, un Norte y un Sur que amenazan división y que ansían unidad), y el hombre de todos, el hombre universal, el hombre nuevo nacido para unir. Este tercer interlocutor del diálogo es en este caso el autor del libro, que se hace paulatinamente más creíble y convincente no tanto por la fuerza argumentativa de su reflexión, como por la atractiva persuasión de su vivencia y testimonio personal.
Leyendo estas páginas uno tiene la oportunidad de encontrarse con el testimonio de alguien que a lo largo de los años, entre Oriente y Occidente -parafraseando algunas de sus expresiones-, ha sabido escuchar y ensanchar el horizonte de la mirada, descalzarse ante ese lugar sagrado que es cada ser humano, hacer de cada cultura su propio hogar, ser fuerte en la debilidad y buscar siempre el rostro de Dios. Un testimonio de diálogo sincero que busca la verdad desde la caridad, sin claudicar ante el falso «buenismo» del relativismo o del sincretismo, pero al mismo tiempo sin encerrarse en la no menos fácil tentación de la soberbia de quienes se sirven de una verdad que les es regalada, para rechazar la no menos verdad de la dignidad de cada hombre.
Por todo ello, Entre Oriente y Occidente es un ejemplo de vida y de reflexión de aquello que el siervo de Dios Juan Pablo II decía de la vocación del cristiano: aquel que, como el profeta Isaías, «está puesto como centinela encima de la muralla (cf. Is 21, 11-12) para discernir los desafíos humanos de las situaciones presentes, para percibir en la sociedad los gérmenes de esperanza y para mostrar al mundo la luz de la Pascua, que ilumina con un nuevo día todas las realidades humanas» (Atenas, 5 de mayo de 2001).
Manuel María Bru Alonso, sacerdote y periodista |
| Volver al inicio - Volver a Entre Oriente y Occidente
|
|